De la baronía agraria a la villa liberal: judíos, moriscos, Borbones, franceses, carlistas y fortines de vigilancia en el valle del Ebro.
Una etapa larga que enlaza el Quinto señorial de raíz medieval con el municipio contemporáneo nacido tras la crisis del Antiguo Régimen.
La huerta, el Ebro y el secano mantuvieron la continuidad agraria de Quinto durante siglos.
Entre los siglos XVI y XIX, Quinto vivió una larga transición desde el mundo señorial heredado de la Edad Media hacia el municipio contemporáneo. Durante ese tiempo, la villa conservó su base agraria, su dependencia del Ebro, su estructura de señorío y su papel estratégico en la Ribera Baja.
Sin embargo, sobre esa continuidad se sucedieron rupturas profundas: la expulsión de judíos y moriscos, las tensiones de la Guerra de Sucesión, la presión de la ocupación napoleónica, las guerras carlistas y la transformación liberal del siglo XIX.
Aragón quedó integrado progresivamente en una monarquía hispánica más centralizada.
La Edad Moderna supuso para Aragón la integración progresiva en una monarquía hispánica cada vez más centralizada. La uniformidad religiosa se convirtió en una prioridad de Estado: primero con la expulsión de los judíos en 1492 y después con la presión sobre mudéjares y moriscos hasta su expulsión definitiva en 1609-1614.
El siglo XVIII estuvo marcado por la Guerra de Sucesión y por la consolidación borbónica. El siglo XIX abrió otra etapa: invasión napoleónica, Constitución de Cádiz, crisis del Antiguo Régimen, desamortizaciones, liberalismo, conflictos entre absolutistas y liberales y guerras carlistas.
En Quinto, estos procesos se tradujeron en rentas, levas, contribuciones, ocupaciones militares, saqueos, cartas de jefes franceses, presencia de partidas carlistas, rehenes, Guardia Nacional y presión económica sobre los vecinos.
La villa, la huerta, el secano, el monte y los caminos explican la estructura territorial de Quinto.
Durante la Edad Moderna y el siglo XIX, Quinto continuó siendo un territorio organizado en torno a cuatro realidades: la villa y el núcleo histórico, la huerta y la acequia, el secano y el monte, y los caminos que articulaban la Ribera Baja.
El casco urbano heredó la estructura medieval, con El Piquete dominando desde el alto de La Corona y con el caserío organizado entre la parte alta y las zonas de expansión hacia la ribera.
La agricultura siguió siendo el eje de la economía local. La huerta dependía de acequias, brazales y turnos de riego; el secano, los pastos, las rastrojeras y los espacios esteparios completaban el sistema productivo.
La posición de Quinto entre Zaragoza, Fuentes, Gelsa, Velilla, Sástago, Belchite y el Bajo Aragón explica también su presencia en episodios militares del siglo XIX.
La historia moderna de Quinto es también la historia de una baronía, de sus linajes y de una comunidad campesina sometida a poderes señoriales, concejiles y eclesiásticos.
Quinto siguió vinculado durante buena parte de la Edad Moderna a la baronía de Quinto, heredera del marco señorial bajomedieval.
La comunidad local se organizaba también a través del concejo o ayuntamiento, que gestionaba intereses vecinales, cargas, abastecimientos y relaciones con otros poderes.
Labradores, pequeños propietarios, jornaleros, ganaderos y familias dependientes de la tierra formaban la base social de la villa.
La historia municipal recuerda que en 1431 Alfonso V vendió Quinto, junto con Gelsa, Velilla, Matamala y Alforque, a Juan de Funes. Después, el señorío pasó a la familia Villalpando-Funes y, en el último cuarto del siglo XVII, a los Villalpando Atarés, condes de Atarés. En 1802 aparece como señora de Quinto Eugenia de Montijo, con título de baronesa.
Esto significa que la comunidad local no dependía solo de su concejo, sino de señores que podían tener derechos sobre rentas, jurisdicción, tierras, aguas, molinos, pastos o censos.
Las expulsiones de judíos y moriscos supusieron una fractura social, cultural y económica.
El tránsito del siglo XV al XVII supuso una fractura profunda para la sociedad de Quinto. La existencia de una aljama judía de señorío nobiliario muestra que la villa participaba de la pluralidad social heredada de la Edad Media. La expulsión de 1492 puso fin a esa presencia judía documentada.
Algo similar ocurrió después con los moriscos. La expulsión de 1610 quebró la continuidad de las comunidades de origen islámico que habían formado parte del paisaje humano, agrario y artesanal del valle del Ebro.
La Edad Moderna se abrió así con una sociedad más uniforme desde el punto de vista religioso, pero también empobrecida por la pérdida de comunidades que habían contribuido durante siglos a la vida económica y cultural del territorio.
La economía de Quinto siguió siendo esencialmente agraria, apoyada en la huerta, el secano, el monte y los derechos de aprovechamiento.
Espacio de mayor intensidad productiva, dependiente del agua, de las acequias, de la limpieza de brazales y de los turnos de riego.
Cultivos de larga tradición que convivían con legumbres, hortalizas, frutales y productos adaptados al regadío y al secano.
Los rebaños aprovechaban rastrojos, barbechos, montes y zonas de secano mediante permisos, arriendos o derechos de herbaje.
Molinos, hornos, pastos, aguas o monopolios podían generar derechos a favor del señor, aunque conviene documentar cada caso localmente.
Entre el siglo XVIII y el XIX, Quinto quedó afectado por conflictos que transformaron la vida local y pusieron a prueba sus recursos.
El señorío de Quinto apoyó la causa borbónica mientras una parte importante de Aragón se inclinó por el archiduque Carlos. Tras la victoria de Felipe V, la villa recibió el título de “Lealísima Villa”.
Las cartas enviadas entre 1808 y 1811 por mandos militares franceses al alcalde muestran la guerra cotidiana de requisas, suministros y presión logística sobre la economía campesina.
En 1835 una fuerza carlista al mando de Manuel Añón tomó Quinto, saqueó casas de liberales, impuso una contribución de 6.000 reales y continuó hacia Codo y Belchite.
Las guerras carlistas hicieron visible la fragilidad de las comunidades rurales en tiempos de guerra civil. Quinto no era una gran plaza militar, pero su posición, sus recursos y sus caminos lo convertían en objetivo de tropas y partidas.
La población civil quedó atrapada entre exigencias contradictorias: apoyar, pagar, alimentar o resistir a fuerzas que podían cambiar de un día para otro.
Los fortines y torres de observación muestran la importancia militar del control visual del valle en el siglo XIX.
Las guerras carlistas devolvieron al paisaje de Quinto una función militar que ya había conocido en otros momentos de su historia. Las alturas, promontorios y puntos dominantes del término volvieron a ser utilizados para controlar el valle del Ebro, los caminos y los movimientos de tropas.
En este contexto se levantaron torres de vigilancia y fortines, como la Torre de Bonastre y la Torre de los Ángeles, construidas en el siglo XIX como parte de una red de observación y comunicación óptica. Su función no era la de un castillo medieval, sino la de un puesto moderno de vigilancia, pensado para observar el territorio y transmitir avisos con rapidez.
La Torre de Bonastre, situada cerca de la ermita del mismo nombre, se comunicaba mediante señales ópticas con otras posiciones de la línea hacia Sástago. La Torre de los Ángeles, de la que hoy apenas se conserva la base, estaba vinculada al control de la navegación por el Ebro.
Junto a ellas se conservan o recuerdan otras posiciones de vigilancia en el término, entre ellas las asociadas al entorno de Las Dehesas o de Los Ángeles, que formaban parte de la misma lógica de control visual del valle.
Permitían observar movimientos de tropas, partidas carlistas, columnas liberales o desplazamientos sospechosos en caminos y campos.
Formaban cadenas de aviso mediante señales visuales, especialmente útiles en un paisaje abierto como la Ribera Baja.
Vigilaban la navegación, los pasos y las riberas, esenciales para abastecimientos, retiradas y movimientos de tropas.
Documentos, memoria local, huerta, caminos y edificios permiten reconstruir este periodo.
Este capítulo puede apoyarse en evidencias de naturaleza muy distinta: documentación sobre la aljama judía, memoria de la expulsión morisca, referencias al título de “Lealísima Villa”, cartas francesas de 1808-1811, noticias carlistas de 1835-1839, huerta, acequias, caminos, El Piquete y el casco histórico.
Su valor no reside solo en lo monumental. También importa la persistencia material de la economía agraria y la memoria de los conflictos que alteraron la vida local.
La Edad Moderna y el siglo XIX muestran un Quinto profundamente condicionado por la continuidad y la ruptura.
La continuidad está en la huerta, el Ebro, la agricultura, el señorío, los caminos, la importancia de La Corona y El Piquete y la estructura rural del territorio.
La ruptura está en la expulsión de judíos, la expulsión de moriscos, la centralización borbónica, la ocupación francesa, el final del Antiguo Régimen, la guerra carlista y la transformación liberal del municipio.
Sin embargo, bajo esos cambios persistió una misma base territorial: el Ebro, la huerta, el secano, los caminos y una comunidad campesina acostumbrada a adaptarse a poderes cambiantes.
El siglo XIX prepara el paso hacia el Quinto contemporáneo del siglo XX.
Al finalizar el siglo XIX, Quinto ya no era la misma villa de señorío que había iniciado la Edad Moderna. La desaparición de los señoríos jurisdiccionales, la reorganización municipal, las nuevas leyes liberales y las transformaciones de la propiedad alteraron un sistema que había marcado la vida local durante siglos.
La localidad entró en la contemporaneidad conservando su carácter agrícola y ribereño, pero integrada en un nuevo marco administrativo, político y social que preparó las transformaciones del siglo XX.
Referencias documentales, bibliográficas y patrimoniales para completar el capítulo.